Víctor Erice nació en el valle de Karrantza en 1940. Estudió Ciencias Políticas y Derecho en Madrid antes de ingresar en el Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas en 1961. Ha dirigido, en más de cincuenta años, cuatro largometrajes en solitario. No es una cifra baja por accidente. Es la que le ha salido.

El espíritu de la colmena se estrenó en 1973 y ganó ese año la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián. Erice tenía treinta y tres años y estaba debutando en el largo.

El sur, o cómo firmar lo que no se ha terminado de rodar

Diez años después vino El sur, basada en un relato de Adelaida García Morales. El guion original estaba pensado en dos partes: una en el norte, otra en el sur. Se rodaron algo más de 90 minutos de metraje. Cuando el productor, Elías Querejeta, interrumpió el rodaje por problemas de financiación, la parte del sur —donde la protagonista iba a viajar a Sevilla para desentrañar el pasado de su padre (Fernando Fernán Gómez)— dejó de existir como película. Nunca se llegó a filmar.

En Cannes ese mismo año, Erice reconoció que había montado la película como si tuviera continuación, sabiendo que no la tendría. Firmó el resultado. Dijo que aceptaba las cosas tal como estaban. La película que hoy existe funciona por sí sola, pero su autor no ha dejado de considerarla una obra inacabada.

Aceptar que algo se ha quedado a la mitad y no fingir que no es así es una forma poco común de honestidad profesional.

Nueve años, once, treinta y uno

En 1992 llegó El sol del membrillo, un documental sobre el pintor Antonio López intentando terminar un cuadro de un membrillo que no deja de moverse mientras él lo mira. Es una película sobre lo que cuesta pintar despacio, hecha exactamente al mismo ritmo.

Después vinieron treinta y un años sin largometraje. En ese hueco, Erice hizo otras cosas: un mediometraje (La Morte Rouge, 2006), segmentos en varias películas colectivas internacionales, y una correspondencia filmada con Abbas Kiarostami entre 2005 y 2007 que dio pie a una exposición. Erice y Kiarostami habían nacido con apenas ocho días de diferencia en junio de 1940.

Hubo también proyectos que estuvieron cerca de rodarse y la industria desbarató: una adaptación de Borges, un documental sobre Velázquez, y sobre todo El embrujo de Shanghai de Juan Marsé. Erice trabajó tres años en un guion que acabó publicando en 2001, con el título La promesa de Shanghai, como un libro de 392 páginas. El productor terminó apartándolo del proyecto y la adaptación acabó rodándola Fernando Trueba. Erice, mientras tanto, siguió escribiendo crítica —colabora regularmente con la revista francesa Trafic— y enseñando.

Volver al sur, cuarenta años después

Cerrar los ojos se presentó en Cannes en 2023, en la sección Cannes Première, fuera de competición. Erice no acudió: publicó una carta abierta en El País explicando su desacuerdo con la decisión del festival de no incluir la película en la sección oficial. En la película un director de cine anciano busca a un actor desaparecido décadas atrás, y en ella reaparece Ana Torrent, que había debutado a los seis años en El espíritu de la colmena. Habían pasado cincuenta.

La película, entre otras cosas, hace algo que El sur no pudo hacer en 1983: viajar al sur andaluz en su tramo final. No es exactamente una segunda parte, ni un cierre, ni una reparación. Es un cineasta de ochenta y dos años que ha decidido, después de mucho tiempo, filmar una vez más.

El ritmo del que no manda

Se suele decir que la lentitud de Erice es fruto de una exigencia extrema. Que no rueda cuando no tiene claro qué rodar. Pero ese mito romántico esconde una verdad más áspera: Erice no es solo un ermitaño inactivo por elección; es también el exiliado de una industria que no siempre tuvo la paciencia ni el presupuesto para sostener su forma de mirar.

Cuatro películas en más de medio siglo no es una carrera modesta ni una carrera fracasada. Es el resultado de un autor que solo aceptó rodar a su propio ritmo, y de un mercado que muchas veces prefirió dejarlo en la sala de espera.

Eso, en cualquier oficio, es raro. En el cine, más.