Hay artistas que encajan bien en los titulares y artistas que los resisten. Esther Ferrer lleva casi sesenta años en el segundo grupo, aunque los titulares hayan acabado llegando de todas formas.

Nacida en Donostia en 1937, vive en París desde 1973 y sigue trabajando con una actitud que, vista desde fuera, podría confundirse con obstinación: sin demasiadas concesiones al gusto del momento y sin la necesidad de convertir cada etapa en una ruptura con la anterior.

En 1967 se incorporó al grupo ZAJ, un colectivo de arte de acción que funcionaba en plena dictadura sin pedir permiso para existir. Sus conciertos y acciones se presentaban en salas convencionales, aunque lo que sucedía dentro no terminaba de parecerse demasiado a un concierto ni a ninguna otra cosa fácil de clasificar.

ZAJ duró hasta 1996. Ferrer siguió.

El cuerpo como material

Su práctica parte de una idea sencilla y radical: el cuerpo es el lugar donde ocurre el arte.

No un símbolo ni una metáfora. El lugar.

Salir del cuadro, abandonar la bidimensionalidad y entrar en el espacio con lo que tienes, que es tu propia presencia. Desde los años setenta, esa idea se ha traducido en acciones, fotografías intervenidas, instalaciones y una serie de autorretratos que permanece abierta desde 1981.

Autorretrato en el tiempo es quizá una de sus piezas más directas. Ferrer enfrenta imágenes de su rostro tomadas en momentos distintos y deja que dos edades convivan dentro de una misma fotografía. Sin demasiada ceremonia. Sin intentar disimular nada.

La obra no ha terminado porque, por definición, no puede terminar mientras el tiempo siga haciendo su trabajo.

Los números, el ritmo, la estructura

Junto al cuerpo aparece otra línea constante: los sistemas numéricos.

Desde los años setenta, Ferrer trabaja con los números primos, con pi y con estructuras matemáticas que utiliza como si fueran partituras. No como un adorno intelectual, sino como otra manera de plantear la misma pregunta: qué ocurre cuando una serie abstracta se despliega en el espacio y se convierte en algo que puedes recorrer, observar o pisar.

Números primos, reubicada definitivamente en la plaza interna de Artium Museoa en Vitoria-Gasteiz, es la versión más visible de ese trabajo. Una superficie de casi doscientos metros cuadrados formada por diez mil piezas cerámicas.

También es la primera obra de una artista mujer instalada en el espacio público inmediato del museo.

El dato dice algo sobre la obra. También dice algo sobre el museo. Y, probablemente, sobre algunas cosas que han tardado demasiado en cambiar.

Lo que no cambia

El Centre Pompidou definió el trabajo de Esther Ferrer mediante una expresión difícil de mejorar: el rigor de lo absurdo.

Es una buena descripción porque nombra dos cosas que no siempre aparecen juntas y que en su caso llevan décadas entendiéndose perfectamente.

Hay algo en su forma de trabajar que resulta extrañamente estable: no parece haber sentido la necesidad de reinventarse para adaptarse a cada época. Ha seguido haciendo lo que tenía que hacer, con los materiales que tenía, en el momento en que tocaba.

Eso, en el arte, no es tan frecuente como parece.