Ocaña, o cómo vivir sin pedir permiso
El pintor de Cantillana que convirtió Las Ramblas en un espacio de libertad. Era anarquista. Era devoto de la Virgen. Las dos cosas al mismo tiempo, sin contradicción aparente, y sin ningún interés en resolverla.
José Pérez Ocaña nació en Cantillana, Sevilla, en 1947, y murió en la misma provincia en 1983, con treinta y seis años. Entre medias, una vida que dio para más que muchas vidas dobles.
Llegó a Barcelona en 1970, después del servicio militar y de haber crecido en un entorno donde su forma de ser no siempre encontraba espacio. Se ganaba la vida pintando paredes. También pintaba retratos, vírgenes, ancianas, cuerpos y escenas de su pueblo. Las dos cosas convivían con naturalidad.
Era anarquista. Era devoto de la Virgen. Las dos cosas al mismo tiempo, sin contradicción aparente, y sin ningún interés en resolverla.
Las Ramblas como escenario
Vivió en la Plaza Real. Se relacionó con Nazario, con Copi, con la Barcelona que en los años setenta estaba inventando maneras de existir que el país todavía no tenía nombre para llamar. Las Ramblas eran su territorio, su taller y su tribuna. Cantaba saetas a vírgenes de papel maché. Se paseaba con trajes cosidos por él mismo. Hacía performances cuando casi nadie en la calle las llamaba así.
En 1978, Ventura Pons lo filmó en Ocaña, retrato intermitente. Un documental rodado en la calle, sin distancia, que lo captó cantando, riendo, pintando y hablando de la muerte y del amor con la misma desenvoltura. Se estrenó en Cannes. Ocaña siguió viviendo igual.
Lo que dejó
Una pintura directa, sin mediación académica, hecha por alguien que aprendió a pintar porque tenía que pintar. Vírgenes, ancianas de Las Ramblas, escenas de Cantillana, cuerpos. El tipo de obra que no distingue demasiado bien entre lo sagrado y lo profano porque quien la hace tampoco hace esa distinción.
Murió como había vivido: de una manera difícil de separar de su propia leyenda. Regresó a Cantillana para una celebración. El traje que llevaba, confeccionado con papeles de colores y bengalas, prendió. Murió días después en Sevilla.
Su archivo está en el Reina Sofía desde 2010. Manuscritos, fotografías, materiales efímeros, recortes. Los restos de alguien que nunca distinguió demasiado bien entre la obra, la calle y la propia existencia.
Ocaña pidió que su entierro fuera una fiesta. No le hicieron caso.