Alejandra Pizarnik y el idioma como jaula
Escribía en español, pensaba en francés, soñaba en un idioma que no existe. Murió con treinta y seis años y dejó una obra que parece escrita por alguien que vivió mucho más.
Alejandra Pizarnik nació en Buenos Aires en 1936, hija de inmigrantes judíos de Europa del Este. El español fue su tercer idioma. Antes vino el idish de casa, el silencio de la infancia, el francés aprendido en París en los años en que París todavía era el lugar al que iban los poetas latinoamericanos a aprender a ser poetas.
La extranjería como condición permanente. En el idioma, en el cuerpo, en el mundo.
Su poesía es breve, casi aforística, construida sobre la repetición y el desgaste. Lee un poema de Pizarnik como si estuvieras viendo a alguien golpear la misma pared en distintos puntos, buscando la grieta.
El diario
Llevó un diario durante toda su vida adulta. En él aparece todo: la obra, el miedo a la obra, la vida, el miedo a la vida, los psicoanálisis sucesivos, los amores, el insomnio, las anfetaminas, las lecturas, los poemas que no salen y los que salen mal y los que salen bien y el terror de que la diferencia entre unos y otros sea arbitraria.
El diario se publicó después de su muerte. Es, posiblemente, la obra más importante que dejó. No porque sea mejor que los poemas, sino porque es imposible leerlo sin entender que los poemas y el diario son la misma cosa escrita en dos lenguas distintas.