Las salas pequeñas se van cerrando, una detrás de otra
Apuntes sobre un tipo de espacio que desaparece, o cambia de cara, sin que nadie lo declare oficialmente.
El 12 de junio de 2026, Gruta 77 anunció que cerrará sus instalaciones en diciembre. Veintiséis años, más de cinco mil cien eventos, locales de ensayo incluidos. La promotora seguirá organizando bolos en otras salas. Las redes hicieron lo que hacen las redes: un puñado de homenajes, alguna foto antigua y, al día siguiente, otra cosa.
Antes fue El Juglar, en Lavapiés: veintisiete años y unos seis mil conciertos. Antes, Rock Palace, cerca de Atocha. Antes, El Junco, en Alonso Martínez, con sus jam sessions y su reconocimiento como sala considerada Patrimonio Cultural de Madrid. Antes, Trashcan. Caravan. Sound Stage.
No es una lista completa. Es solo la que cabe en un párrafo.
Lo que no sale en la noticia
Cada cierre se cuenta igual: nombre de la sala, años de actividad, número de conciertos, alguna anécdota sobre el grupo que empezó allí y ahora llena estadios. Hay un componente elegíaco que funciona bien en redes y que, paradójicamente, hace que el problema parezca más pequeño de lo que es. Cada cierre se procesa como una pérdida aislada, una más, triste pero individual. Como si cada sala tuviera mala suerte por separado.
Pero la lista necesita matices, y los matices complican la historia en lugar de simplificarla. Algunos locales cerraron y no volvieron. Otros reabrieron con otro nombre y otro modelo: Caracol volvió como Villanos, BarCo regresó como Barco Sound House. En algunos casos la música en directo permanece, pero ocupa un lugar distinto dentro de la noche.
Un estudio sobre el periodo 2019-2024 contaba dieciocho salas clausuradas o traspasadas en la almendra central de Madrid. La mayoría, en el distrito Centro. Casi tres de cada cuatro reabrieron después, pero a menudo como discoteca, cabaré, restaurante con actuaciones, espacio de eventos o sala de alquiler. Seguían existiendo como locales. En muchos casos, habían dejado de cumplir la misma función.
El escalón que falta
Estos espacios —cien, ciento cincuenta, doscientas personas de aforo— no son el lugar donde van los grupos que ya han llegado. Son el lugar donde se aprende a tocar en directo, donde un grupo nuevo hace su primer concierto pagado, donde alguien con una maqueta consigue que veinte desconocidos la escuchen sin haber pasado por ningún filtro previo. Es el escalón de abajo. El que no se ve desde arriba, pero sin el cual no hay arriba.
El problema no es solo que desaparezcan espacios. Es que no siempre regresan como lugares donde una banda desconocida puede subirse a un escenario y tocar ante cien personas.
Cuando ese escalón se estrecha, no se nota enseguida. Lo que pasa es que, con el tiempo, hay menos grupos que puedan contar una historia parecida a la de Carolina Durante en El Juglar, simplemente porque hay menos Juglares donde empezar a contarla.
Lo que queda
Las razones que dan los propietarios al cerrar suelen repetirse: alquileres difíciles de asumir, problemas financieros, deudas heredadas de la pandemia y una afluencia insuficiente. Al fondo aparece además un mercado cada vez más volcado en festivales, grandes giras y recintos de mayor capacidad.
Y mientras tanto, la música en directo en España sigue batiendo récords de facturación. El crecimiento existe. Pero no todo ese crecimiento fortalece el circuito de abajo: el garito de cien personas donde un grupo sin nombre todavía puede ser una novedad para alguien.
No hace falta una agenda para darse cuenta de esto. Basta con fijarse en qué locales ya no son lo que eran, y en qué tipo de noche ha ocupado su lugar.