El Alboka Kafea Taberna estaba en el número 39 de la calle Easo, en el centro de Donostia. No era exactamente una sala de conciertos ni un bar de copas convencional. Era un local pequeño, algo bohemio, con música escogida, conciertos ocasionales, jam sessions y una clientela que no parecía llegar allí por casualidad.

En una pared del Alboka había una esquela de Leonard Nimoy recortada de algún periódico. Al lado, una nota manuscrita: "Buscamos cantante, chico/a". Al lado, otra: "Kaixo, Marc naiz. Busco un guerrero vasco." Nadie retiraba nada. La pared era un palimpsesto de gente que había pasado por ahí y había dejado algo, aunque fuera un papel.

Jon Martínez estuvo al frente del Alboka durante 37 años. No es un número redondo ni especialmente simbólico, pero es mucho tiempo para mantener un sitio fiel a sí mismo en una ciudad que ha cambiado bastante. La calle Easo del Alboka no es la misma calle Easo de cuando Jon empezó a llevarlo, pero el bar, según quienes lo frecuentaban, sí era más o menos el mismo.

Lo que sonaba dentro

En una situación normal —una tarde cualquiera, sin que hubiera nada especial— podía estar sonando Neil Young, Van Morrison o Wilco a un volumen que permitía conversar. No demasiado alto, no demasiado bajo. Esa calibración del volumen es más difícil de conseguir de lo que parece y más importante de lo que nadie reconoce.

Había jam sessions. Los fines de semana, a veces, música en directo. No era una sala de conciertos; era un bar donde la música ocupaba el espacio que le correspondía, ni más ni menos. Había una selección de cervezas poco habitual para un local de ese tamaño y había un dueño que conocía a la gente por su nombre o por su cara, que es lo mismo.

El tipo de lugar que no se anuncia

El Alboka tenía 4,7 sobre 5 en Google Maps y casi cuatro centenares de reseñas, lo cual es una manera extraña de medir algo así. Lo que decían esas reseñas, en distintos idiomas, venía a ser lo mismo: que se sentía como en casa, que el dueño era amable, que la música era buena, que se volvía.

Eso es lo que consiguió el Alboka durante los 37 años de Jon al frente: que la gente volviera. No por ninguna razón extraordinaria, sino por la acumulación de razones pequeñas que son, al final, las únicas que funcionan.

En enero de 2026 bajó la persiana. Jon reconoció que se sentía sobrepasado, que los últimos días habían sido más ruidosos de lo que habría querido. Hay varios interesados en el traspaso. La dirección es la misma. El número es el mismo. Lo que venga después ya veremos qué es.