Catorce apóstoles en la cuneta
Durante catorce años, las esculturas de Oteiza para la fachada de Arantzazu estuvieron tiradas junto a la carretera que sube al santuario. La fachada se terminó; la espera también forma parte de ella.
Arantzazu está en lo alto de una garganta, a unos kilómetros de Oñati, donde según la tradición la Virgen se apareció a un pastor en 1469. Durante siglos fue un santuario de montaña como tantos otros. En 1950 los franciscanos que lo custodian decidieron levantar una basílica nueva y la sacaron a concurso. Lo ganaron dos arquitectos jóvenes, Francisco Javier Sáenz de Oiza y Luis Laorga. Para la decoración llamaron a gente que entonces apenas tenía obra pública: Eduardo Chillida para las puertas, Néstor Basterretxea para la cripta y Jorge Oteiza para la fachada.
Oteiza propuso un friso de catorce apóstoles sobre la entrada, con una Piedad en lo alto. Catorce y no doce, lo que ya es una manera de empezar. Eran bloques de piedra de Markina con grandes huecos abiertos en el cuerpo. Tenían más que ver con lo que Oteiza estaba investigando sobre el vacío que con cualquier imaginería conocida. Él decía, medio en broma, que eran los remeros de una trainera.
En 1955, con las obras avanzadas, la Iglesia prohibió colocarlos. El argumento oficial fue que los artistas se habían dejado llevar por corrientes modernas que no respetaban los preceptos del arte sacro. La versión que ha quedado en la memoria es otra: alguien los comparó con bueyes desollados.
Para entonces había cuatro apóstoles terminados, otros cuatro a medio tallar y el resto seguía siendo piedra en bruto. Todo se quedó donde estaba, en una curva de la carretera que sube de Oñati al santuario. Allí pasaron catorce años. Quien subía a la basílica nueva, con su fachada a medias, pasaba antes junto a los apóstoles que tendrían que haber estado arriba.
Ese tiempo no fue un simple paréntesis. En 1957 Oteiza ganó el gran premio de escultura de la Bienal de São Paulo. En 1959 dio por concluida su investigación y dejó la escultura. El escultor de Arantzazu se retiró mientras su obra más visible seguía en el arcén.
El Concilio Vaticano II cambió el clima y en 1966 el obispado autorizó por fin la colocación. Oteiza volvió, retomó la talla y en 1969 los catorce apóstoles subieron a la fachada. Los últimos retoques se hicieron en octubre de ese año, el día en que cumplía sesenta y un años.
Hoy la fachada se ve completa y se visita como una de las obras mayores de la escultura vasca del siglo XX. Nada en ella recuerda la cuneta. El friso se terminó con catorce años de retraso, que es más o menos lo que tardó la Iglesia en cambiar de opinión sobre qué aspecto puede tener un apóstol.