La casa del número 18 de Folgate Street se construyó hacia 1724 en Spitalfields, el barrio del este de Londres donde se instalaron los tejedores de seda hugonotes que habían huido de Francia. Es una casa georgiana de ladrillo como otras de la misma calle. Por fuera no tiene nada que la distinga.

En 1979 la compró, en muy mal estado, Dennis Severs, un californiano que había llegado a Londres a finales de los sesenta y se ganaba la vida enseñando la ciudad en coche de caballos. No la restauró como se restaura una casa histórica. Se fue a vivir a ella sin electricidad, con una vela, un orinal y un saco de dormir, y fue durmiendo en cada una de las diez habitaciones para decidir qué tenía que haber en cada una.

Lo que salió de ahí es una familia inventada: los Jervis, apellido anglicado de Gervais, tejedores de seda que habrían vivido en la casa desde 1725 hasta principios del siglo XX. Cada habitación corresponde a un momento de su historia. Las plantas bajas son de los años buenos del negocio de la seda: plata, porcelana, chimeneas encendidas. A medida que se sube, el negocio decae, la familia empieza a alquilar cuartos y en el último piso hay ropa tendida del techo y una sola vela.

Los Jervis nunca están. Siempre acaban de irse. Hay pan mordido en la mesa, una taza a medio beber, la cama deshecha, un olor a algo que se estaba cocinando, pasos en el piso de arriba. La visita se hace en silencio y sin fotos. En la puerta hay un lema en latín, Aut visum aut non, que viene a decir: o lo ves o no lo ves. Severs llamaba a aquello un drama de naturaleza muerta. No hay cartelas ni vitrinas, y nada de lo que hay en la casa está ahí para explicar nada.

Severs vivió en ella veinte años. Murió en diciembre de 1999, poco después de que la casa pasara al Spitalfields Trust, la fundación que se la había vendido. Él mismo había dejado dicho que nadie puede declarar protegida una atmósfera.

La fundación lo ha intentado de todos modos. Cada día alguien enciende las velas y las chimeneas, repone la comida y deja el pan a medio comer en su sitio, para que una familia que nunca existió siga pareciendo que acaba de salir de la habitación.