Beksiński pintaba el fin del mundo desde un piso en Varsovia
No estudió Bellas Artes, no se dejó encerrar cómodamente en ningún movimiento y rechazaba imponer una interpretación a su propia obra. Sus cuadros siguen siendo difíciles de mirar y todavía más difíciles de olvidar.
Zdzisław Beksiński no parecía especialmente interesado en el mundo de las galerías ni en explicar su trabajo mediante manifiestos. Era un hombre que se levantaba, ponía música —Wagner, Mahler, Schnittke, a veces Pink Floyd— y pintaba apocalipsis en silencio.
Durante décadas trabajó en Sanok, una ciudad pequeña del sur de Polonia. Más tarde se trasladó a un piso de Varsovia, donde acabaría muriendo asesinado en 2005.
Nada de esto forma parte de la obra. Pero cuesta no pensar en ello al mirar los cuadros.
La mayor parte de las pinturas por las que hoy se le conoce no tienen título. Beksiński evitaba ponerles nombre, explicarlas o conducir al espectador hacia una lectura concreta. Decía que pintar era una forma más lenta y laboriosa de fotografiar sueños.
Fotografiar sueños.
No muchos artistas resumieron su proyecto con una imagen tan precisa.
Lo que se ve
Sus cuadros muestran paisajes en ruinas, figuras humanas deformadas, arquitecturas imposibles y cielos que no pertenecen a ningún planeta conocido.
Hay carne. Hay hueso. Hay una luz que no ilumina nada reconfortante.
Y, sin embargo, hay algo en la composición, en el dominio técnico y en la coherencia del mundo que construye que impide reducirlo simplemente al arte de terror o a la fantasía oscura.
No es ilustración. No es surrealismo al uso. Aunque atravesó la abstracción y la vanguardia, terminó construyendo un lenguaje visual difícil de encerrar en una etiqueta.
Beksiński tuvo reconocimiento en vida, pero internet amplificó enormemente su público. Sus cuadros llegaron hasta personas que probablemente nunca habrían entrado en una galería de arte contemporáneo polaco.
Ese recorrido tiene algo de justicia poética. O de ironía, según cómo se mire.
Por qué sigue teniendo valor
Hay artistas cuya obra envejece con su época. Beksiński no parece hacerlo.
Sus cuadros pertenecen a un contexto artístico concreto, pero no exigen conocerlo para producir un efecto inmediato. No necesitan una explicación previa. No necesitan una nota de sala. No necesitan que alguien diga exactamente qué significan.
Funcionan solos, en silencio, con la misma incomodidad que debían producir el día en que los terminó.
Eso es exactamente lo que interesa aquí: una obra que no caduca porque nunca perteneció del todo a un único momento.