Agnes Pelton pintó lo que nadie pedía ver
Vivió buena parte de su vida lejos de los grandes centros artísticos, primero en un molino de Long Island y después en el desierto de California, pintando visiones que encajaban mal en las etiquetas habituales del modernismo estadounidense. Murió en 1961 en una oscuridad casi total para el gran relato del arte. El mundo tardó décadas en empezar a mirar de verdad lo que había dejado.
Agnes Pelton nació en Stuttgart en 1881, hija de padres estadounidenses, y creció entre Basilea y Brooklyn antes de formarse con Arthur Wesley Dow, el mismo profesor que años después tendría entre sus alumnas a Georgia O'Keeffe.
Sus primeros cuadros eran escenas simbolistas de muchachas etéreas, cercanas al gusto tonalista de la época. Nada en ese comienzo hacía sospechar del todo lo que vendría después.
A los cuarenta años dejó Nueva York y se instaló en un antiguo molino en Water Mill, en el extremo este de Long Island, entonces todavía rural y apartado. Allí empezó a alejarse también de la pintura que había hecho hasta entonces.
Se interesó por la astrología, la Teosofía, el Nuevo Pensamiento y, sobre todo, por el Agni Yoga que difundían el pintor y místico ruso Nicholas Roerich y su mujer, Helena. De esas lecturas y de sus propias sesiones de meditación empezó a salir, hacia mediados de los años veinte, un tipo de pintura que no encajaba demasiado bien con lo que ocurría a su alrededor: formas biomórficas, velos de luz temblorosa, horizontes que no correspondían a ningún paisaje real sino a estados de conciencia.
No pintaba paisajes del desierto. Pintaba lo que creía que había detrás del desierto.
En 1932 se mudó de nuevo, esta vez a Cathedral City, un pueblo pequeño cerca de Palm Springs, y allí se quedó el resto de su vida. Para sobrevivir pintaba paisajes convencionales y retratos que vendía a turistas y vecinos. En paralelo, sin apenas atención crítica ni comercial, seguía desarrollando esas composiciones abstractas y espirituales que consideraba su trabajo verdadero.
Su principal respaldo llegó del Grupo de Pintura Trascendental, un colectivo de Nuevo México activo entre 1938 y 1942 que defendía ideas cercanas a las suyas: el arte no figurativo como vehículo hacia otra realidad, no como simple ejercicio formal.
Lo que tardó en llegar
Pelton murió en Cathedral City en 1961 sin una gran retrospectiva institucional que fijara su lugar en la historia del arte estadounidense, sin marchante relevante y sin una escena poderosa que la reclamara como propia.
Se la ha comparado después con O'Keeffe o con Marsden Hartley, pero su camino fue más lateral: demasiado espiritual para algunos relatos del modernismo, demasiado abstracto para otros, demasiado lejos de casi todo.
Trabajó sola, con una disciplina casi monástica, convencida de que la pintura era un ejercicio espiritual antes que una carrera.
Tuvo que pasar tiempo para que su obra dispersa volviera a reunirse y mirarse con seriedad: primero una retrospectiva en 1995–1996, Agnes Pelton, Poet of Nature, que empezó a devolverle atención nacional; después, ya entrado el siglo XXI, una gran exposición itinerante organizada por el Phoenix Art Museum que llegó al Whitney de Nueva York.
Nada de esto lo vivió ella.
Pintó durante casi sesenta años sin que la falta de reconocimiento amplio pareciera alterar demasiado la dirección de su trabajo. Lo siguió haciendo igual.