Scott Walker y el largo camino hacia el ruido
Fue el cantante más popular de Europa en los años sesenta. Luego pasó treinta años haciéndose progresivamente incomprensible. Las dos cosas son igualmente admirables.
En 1967, Scott Walker era el miembro más popular de The Walker Brothers. Las adolescentes inglesas se desmayaban en sus conciertos. Tenía el físico y la voz que la industria musical lleva un siglo buscando sin encontrar: algo entre Sinatra y el cielo.
Luego empezó a grabar discos en solitario. Los primeros son pop orquestal de una belleza extraña, canciones sobre la soledad y la alienación urbana disfrazadas de baladas para un público que quería, sobre todo, que el chico guapo siguiera siendo el chico guapo.
Pero Scott Walker tenía otros planes. O, al menos, los desarrolló después de hundirse.
Tras el fracaso de ventas de Scott 4 (1969), Walker perdió el rumbo. Durante unos años grabó discos insustanciales de versiones de pop y country para intentar seguir a flote. Parecía el final triste de otro ídolo adolescente, hasta que ocurrió algo extraño: en 1978, en el último disco de reunión de su antigua banda (Nite Flights), Scott incluyó cuatro canciones propias. Eran tensas, oscuras, casi industriales. Bowie escuchó aquello y tomó nota. Scott acababa de prender la mecha de su propia demolición.
Entre Climate of Hunter (1984) y Tilt (1995) pasaron once años de silencio. Cuando volvió, la música que hizo ya no tenía nombre. Voces que se interrumpen, que cantan en registros imposibles. Orquestas que atacan sin previo aviso. Textos sobre el Holocausto o el asesinato de Pier Paolo Pasolini.
Para su siguiente disco, The Drift (2006), incluyó una canción sobre Mussolini en la que la percusión consistía, literalmente, en un músico golpeando un enorme trozo de carne cruda en el estudio.
Murió en 2019. Cuentan que a las mesas de redacción de los grandes diarios les costó horas decidir en qué categoría colocar sus obituarios. Al final los pusieron en "música". Que es correcto, pero insuficiente.