La rotación como excusa
Trescientos sesenta y cinco días para volver al mismo punto de la órbita. Sobre esa coincidencia sin importancia, hemos construido un ritual que casi nadie sabría defender si tuviera que explicarlo desde cero.
Una vuelta completa alrededor del sol dura trescientos sesenta y cinco días y algunas horas más. El planeta llega al mismo punto de su órbita en el que estaba doce meses antes, aunque ese punto no está marcado en ningún sitio y no ocurre nada particular en él. Es una coincidencia geométrica sin consecuencias astronómicas. La Tierra sigue girando, el sol sigue quemando y ninguna partícula del universo registra el hecho de que se ha completado una vuelta.
Sobre esta coincidencia sin importancia, los humanos han construido un ritual.
Los rituales que sobreviven no son los que tienen sentido. Son los que dejaron de necesitarlo hace tanto tiempo que ya nadie pregunta.
El hueco donde debería estar el motivo
Un antropólogo que llegara desde fuera tendría dificultades para explicar qué se celebra exactamente. No hay logro: nadie ha hecho nada para llegar hasta ahí, salvo seguir respirando. No hay conmemoración: el nacimiento propio es lo único que uno no puede recordar. No hay finalización: la vida continúa exactamente igual al día siguiente. Lo que se marca es una posición orbital arbitraria, elegida en función de un hecho biológico que el protagonista no presenció.
La felicitación es el elemento más raro del conjunto. Se felicita a alguien por algo que no ha hecho, con una fórmula fija, en una fecha que no es suya sino de la órbita. Y sin embargo la ausencia de la felicitación se nota. Un cumpleaños sin nadie que felicite pesa más que un cumpleaños con muchas felicitaciones. La ausencia funciona, cosa que revela que en algún punto el ritual dejó de ser sobre el sol y pasó a ser sobre otra cosa.
Sobre qué, es más difícil de decir. Quizá sobre comprobar que uno sigue siendo recordado por otros. Quizá sobre repetir una escena que se ha repetido antes, cuando había otras personas alrededor, algunas de las cuales ya no están. El ritual acumula sedimento con los años y ese sedimento pesa más que la ceremonia en sí.
Ahí es donde el asunto se complica. Porque los primeros cumpleaños son fáciles: la coincidencia orbital se celebra sin más, como una fiesta. En algún momento, sin fecha exacta, el mismo ritual empieza a hacer una operación distinta. Cambia de signo sin cambiar de forma. Y eso ya es otro texto.