La palabra que se le escapó a su autor
En 1976 un biólogo necesitaba un ejemplo y se inventó una palabra. Cincuenta años después la palabra sigue viva y él ya no manda en ella.
En 1976 Richard Dawkins publicó un libro sobre genes. Se pasó el libro entero defendiendo que la unidad útil para pensar la evolución no es el organismo ni la especie, sino la cosa que se copia. Solo en el último capítulo, casi como una propina, se preguntó si esa lógica valdría para algo que no fuera ADN.
Decidió que sí, y necesitó un nombre. Aisló la raíz griega mimeme —aquello que se imita— y la limó hasta dejar una sílaba que sonara parecido a gen. Pidió disculpas por adelantado a sus amigos clasicistas. El capítulo se titula "Memes: los nuevos replicadores".
Sus ejemplos eran domésticos: melodías, ideas, frases hechas, modas de ropa, maneras de hacer vasijas, maneras de construir arcos. Cosas que saltan de cabeza en cabeza por imitación, igual que los genes saltan de cuerpo en cuerpo. Las que se copian bien y a menudo, duran. Las que no, desaparecen.
Era una analogía. Un ejemplo al final de un libro que iba de otra cosa.
La versión seria
Durante un tiempo hubo gente que se la tomó completamente en serio. Se llamó memética y aspiraba a ser una disciplina: si la cultura evoluciona por selección, entonces se podrá medir. Hubo congresos, libros, una revista académica —el Journal of Memetics— que se publicó entre 1997 y 2005.
En ocho años reunió apenas cuarenta y un estudios originales y terminó cerrando por falta de material de calidad. Su último número se dedicó a publicar sus propios obituarios, entre ellos uno titulado, sin demasiada piedad, "La pobreza revelada de la analogía gen-meme".
La disciplina que se tomó la palabra en serio duró ocho años. La palabra sigue aquí.
La versión que sobrevivió
Mientras la memética se moría por dentro, la palabra se escapaba por otra puerta. En 1990, un abogado llamado Mike Godwin había observado que las discusiones en Usenet acababan siempre en Hitler y le parecía que aquello banalizaba el Holocausto. No podía pedirle a nadie que parase. Así que fabricó una ley —toda discusión larga termina en una comparación con los nazis— y la fue plantando en cada hilo donde veía una referencia gratuita. Al poco tiempo la citaba gente que no sabía de dónde venía. Se reproducía sola.
En octubre de 1994 lo contó en Wired, en un artículo titulado "Meme, contra-meme". Llamó a aquello ingeniería memética, y de paso le enseñó la palabra a los lectores de la revista en un contexto que Dawkins no había previsto.
El primer meme de internet fue, literalmente, un objeto de diseño. Conviene retener ese detalle.
Cannes, 2013
Casi veinte años después, Dawkins subió a un escenario del festival de publicidad de Cannes, delante de una sala llena de creativos, para presentar un pase de cortos patrocinado por una agencia. Explicó que un meme de internet es un secuestro de la idea original: en vez de mutar por azar y sobrevivir por selección ciega, los memes de internet se alteran a propósito, con intención, sin el menor interés por copiar bien.
Acto seguido, el espectáculo secuestró su discurso. Su cabeza pixelada flotaba por la pantalla, un búho le disparaba láseres desde los ojos, su voz aparecía autotuneada dentro de una canción. La pieza se llamaba Just for Hits. Solo por los hits.
Ese mismo día, en una entrevista, dijo casi lo contrario: que el significado no se ha alejado tanto del original, que un meme es cualquier cosa que se hace viral, y que él mismo había usado la metáfora del virus en aquel último capítulo de 1976. Que la palabra, simplemente, había sido apropiada para un subconjunto.
Dos posiciones en una tarde. No es una contradicción interesante por lo que dice de Dawkins. Es interesante por lo que dice de las palabras: quien acuña una no se queda con la llave.
El único experimento que salió bien
La memética fracasó como ciencia. No consiguió medir nada, no produjo resultados, cerró la persiana y se escribió sus propias necrológicas.
Pero el meme, como palabra, hizo exactamente lo que su definición decía que haría: se copió, mutó, compitió por sitio en cabezas ajenas y sobrevivió en una forma que su autor no eligió ni aprueba del todo. Nadie lo diseñó. Nadie lo dirigió. Se le escapó de las manos a la persona mejor situada del planeta para retenerlo.